sábado, 23 de febrero de 2013

REINA ISABEL I DE INGLATERRA


El Reinado de Isabel I de Inglaterra, prototipo del monarca autoritario del Quinientos, tiene un interés histórico de primera magnitud por cuanto fue fundamento de la grandeza de Inglaterra y sentó las bases de la preponderancia británica en Europa, que alcanzaría su cenit en los siglos XVIII y XIX.
Pero la protagonista de esta edad de oro, que conocemos con el nombre de "era isabelina", se destaca ante nosotros por su no menos singular vida privada, llena de enigmas, momentos dramáticos, peligros y extravagancias. Isabel I, soberana de un carácter y un talento arrolladores, sintió una aversión casi patológica por el matrimonio y quiso ser recordada como la "Reina Virgen", aunque de sus múltiples virtudes fuese la virginidad la única absolutamente cuestionable.


Isabel I de Inglaterra

Tras repudiar a la primera de sus seis esposas, la devota española Catalina de Aragón, en 1533 el rey Enrique VIII de Inglaterra contrajo matrimonio con su amante, la altiva y ambiciosa Ana Bolena, que se hallaba en avanzado estado de gestación. Este esperado vástago, debía resolver el problema derivado de la falta de descendencia masculina del monarca, a quien Catalina sólo había dado una hija, María, que andando el tiempo reinaría como Maria I. Aunque el nuevo matrimonio no había sido reconocido por la Iglesia de Roma y Enrique VIII acababa de ser excomulgado por su pecaminosa rebeldía, el próximo y ansiado alumbramiento del príncipe llenó de alegría todos los corazones y el del rey en primer lugar. Sólo faltaba que la soberana cumpliera con su misión pariendo un hijo vivo y sano que habría de llamarse Enrique, como su padre. El 7 de septiembre de 1533 se produjo el feliz acontecimiento, pero resultó que Ana Bolena dio a luz no a un niño sino a una niña, la futura Isabel I de Inglaterra.

Una familia turbulenta

El monarca sufrió una terrible decepción. El hecho de haber alumbrado una hembra debilitó considerablemente la situación de la reina, más aún cuando el desencantado padre se vio obligado a romper definitivamente con Roma y a declarar la independencia de la Iglesia Anglicana, todo por un príncipe que nunca había sido concebido. Cuando dos años después Ana Bolena parió un hijo muerto, su destino quedó sellado: fue acusada de adulterio, sometida a juicio y decapitada a la edad de veintinueve años. Su hija Isabel fue declarada bastarda y quedó en la misma situación que su hermanastra María, hija del primer matrimonio Enrique VIII con Catalina de Aragón y diecisiete años mayor que ella. Ambas fueron desposeídas de sus legítimos derechos hereditarios al trono de Inglaterra.

Ana Bolena fue sustituida en el tálamo y el trono por la dulce Juana Seymour, la única esposa de Enrique VIII que le dio un heredero varón, el futuro rey Eduardo VI. Muerta Juana Seymour, la esperpéntica Ana de Cleves y la frívola Catalina Howard ciñeron sucesivamente la corona, siendo por fin relevadas por una dama (dos veces viuda a los treinta años) que iba a ser para el decrépito monarca, ya en la última etapa de su vida, más enfermera que esposa: la amable y bondadosa Catalina Parr. En 1543, poco antes de la sexta boda del rey, los decretos de bastardía de María e Isabel fueron revocados y ambas fueron llamadas a la corte; los deseos de Catalina Parr tenían para el viejo soberano rango de ley y ella deseaba que aquellas niñas, hijas al fin y al cabo de su marido y por lo tanto responsabilidad suya, estuviesen en su compañía.

Isabel tenía diez años cuando regresó a Greenwich, donde había nacido y estaba instalada la corte. Era una hermosa niña, despierta, pelirroja como todos los Tudor y esbelta como Ana Bolena. Allí, de manos de mentores sin duda cercanos al protestantismo, recibió una educación esmerada que le llevó a poseer una sólida formación humanística. Leía griego y latín y hablaba perfectamente las principales lenguas europeas de la época: francés, italiano y castellano. Catalina Parr fue para ella como una madre hasta la muerte de Enrique VIII, quien antes de expirar dispuso oficialmente el orden sucesorio: primero Eduardo, su heredero varón; después María, la hija de Catalina de Aragón; por último Isabel, hija de su segunda esposa. Catalina Parr mandó apresurar los funerales y quince días después se casó con Thomas Seymour, hermano de la finada reina Juana, a cuyo amor había renunciado tres años atrás ante la llamada del deber y de la realeza. Esta precipitada boda con Seymour, reputado seductor, fue la primera y la única insensatez cometida por la prudente y discreta Catalina Parr a lo largo de toda su vida.


Thomas Seymour

Thomas Seymour ambicionaba ser rey y había estudiado detalladamente todas sus posibilidades. Para él, Catalina Parr no era más que un trampolín hacia el trono. Puesto que Eduardo VI era un muchacho enfermizo y su inmediata heredera, María Tudor, presentaba también una salud delicada, se propuso seducir a la joven Isabel, cuyo vigor presagiaba una larga vida y cuya cabeza parecía la más firme candidata a ceñir la corona en un próximo futuro. Las dulces palabras, los besos y las caricias aparentemente paternales no tardaron en enamorar a Isabel; cierto día, Catalina Parr sorprendió abrazados a su esposo y a su hijastra; la princesa fue confinada en Hatfield, al norte de Londres, y las sensuales familiaridades del libertino comenzaron a circular por boca de los cortesanos.

Catalina Parr murió en septiembre de 1548 y los ingleses empezaron a preguntarse si no habría sido "ayudada" a viajar al otro mundo por su infiel esposo, que no tardó en ser acusado de "mantener relaciones con Su Gracia la princesa Isabel" y de "conspirar para casarse con ella, puesto que, como hermana de Su Majestad Eduardo, tenía posibilidades de sucederle en el trono". El proceso subsiguiente dio con los huesos de Seymour en la lóbrega Torre de Londres, antesala para una breve pero definitiva visita al cadalso; la quinceañera princesa, caída en desgracia y a punto de seguir los pasos de su ambicioso enamorado, se defendió con insólita energía de las calumnias que la acusaban de llevar en las entrañas un hijo de Seymour y, haciendo gala de un regio orgullo y de una inteligencia muy superior a sus años, salió incólume del escándalo. El 20 de marzo de 1549, la cabeza de Thomas Seymour fue separada de su cuerpo por el verdugo; al saberlo, la precoz Isabel se limitó a decir fríamente: "Ha muerto un hombre de mucho ingenio y poco juicio."

Por primera vez se había mostrado una cualidad que la futura reina conservó durante toda su existencia: un talento excepcional para hacer frente a los problemas y salir airosa de las situaciones más comprometidas. Si bien su aversión por el matrimonio pareció originarse en el trágico episodio de Seymour, Isabel aprendió también a raíz del suceso el arte del rápido contraataque y el inteligente disimulo, esenciales para sobrevivir en aquellos días turbulentos.


María I

Cuando en 1553 murió Eduardo, Isabel apoyó a María I frente a Juana Grey, biznieta de Enrique VIII que fue proclamada reina el 10 de julio de 1553 para poco después ser detenida y condenada a muerte en el proceso por la conspiración de Thomas Wyat, un movimiento destinado a impedir el matrimonio de María I con su sobrino Felipe (el futuro Felipe II de España), con el fin de evitar la previsible reacción ultracatólica de la reina. Durante la investigación de este caso, Isabel estuvo encarcelada durante algunos meses en la torre de Londres, ya que su inclinación por la doctrina protestante la hizo sospechosa a ojos de su hermanastra, pese al apoyo que Isabel le había brindado.

El reinado de María I fue poco afortunado. Su persecución contra los protestantes le valió ser conocida como María la Sanguinaria; y su alianza con España indignó a los ingleses, sobre todo porque condujo a una guerra desastrosa contra Francia en la que Inglaterra perdió Calais y la evolución económica del país fue bastante desfavorable. En 1558 murió María sin descendencia y, de acuerdo con el testamento de Enrique VIII, debía sucederla Isabel. El partido católico volvió a esgrimir sus argumentos acerca de la ilegitimidad de la heredera y apoyó las pretensiones de su prima María I Estuardo de Escocia. Sin embargo, los errores del anterior reinado y la conocida indiferencia de Isabel en la polémica religiosa hicieron que acabara siendo aceptada de buen grado tanto por los protestantes como por la mayoría de los católicos. También influyó en su aceptación su aspecto joven, hermoso y saludable, que contrastaba notablemente con el de sus dos hermanastros: enfermizo el uno, avejentada y amargada la otra.

La era isabelina

Hija y hermana de reyes, acostumbrada a enfrentarse a las adversidades y a mantenerse alejada de las conjuras, Isabel I ocupó el trono a los veinticinco años de edad. Era la reina de Inglaterra e iba a ser intransigente con todo lo que se relacionara con los derechos de la corona, pero seguiría mostrándose prudente, calculadora y tolerante en todo lo demás, sin más objetivo que preservar sus intereses y los de su país, que vivía en plena ebullición religiosa intelectual y económica y que tenía un exacerbado sentimiento nacionalista. Uno de sus primeros actos de gobierno fue nombrar primer secretario de Estado a sir William Cecil, un hombre procedente de la alta burguesía y que compartía la prudencia y la tolerancia de la reina. Cecil mantuvo la plena confianza de Isabel I durante cuarenta años; al morir, su puesto de consejero fue ocupado por su hijo.


Isabel I ante el Parlamento

En el terreno religioso, Isabel I restableció el anglicanismo y lo situó en un término medio entre la Reforma protestante y la tradición católica. En el campo político la amenaza más importante procedía de Escocia, donde María I Estuardo, católica y francófila, proclamaba sus derechos al trono de Inglaterra. En 1560, los calvinistas escoceses pidieron ayuda a Isabel, quien vio la ocasión de debilitar a su adversaria, y en 1568, cuando la reina escocesa tuvo que refugiarse en Inglaterra, la hizo encerrar en prisión. Por otra parte, Isabel I ayudaba indirectamente a los protestantes de Francia y de los Países Bajos, mientras que los navegantes y comerciantes ingleses tomaban conciencia de las posibilidades atlánticas y se enfrentaban al monopolio español en América.

Era, por tanto, inevitable el choque entre Inglaterra y España, la antigua aliada en época de María I. Mientras Felipe II de España daba crédito a su embajador en Londres y a la misma María Estuardo, quienes pretendían que en Inglaterra existían condiciones para una rebelión católica que daría el trono a María Estuardo, la reina Isabel y su consejero William Cecil apoyaban las acciones corsarias contra los intereses españoles, impulsaban la construcción de una flota naval moderna e intentaban retrasar el enfrentamiento entre los dos reinos. Después de ser el centro de varias conspiraciones fracasadas, en 1587 María Estuardo fue condenada a muerte y ejecutada. Felipe II, perdida la baza de la sustitución de Isabel por María, preparó minuciosamente y anunció a los cuatro vientos la invasión de Inglaterra.

En 1588, después de que Drake atacara las costas gallegas para evitar las concentraciones de navíos, se hicieron a la mar 130 buques de guerra y más de 30 embarcaciones de acompañamiento, tripuladas por 8.000 marinos y casi 20.000 soldados: era la Armada Invencible, a la que más tarde, según los planes, debían apoyar los 100.000 hombres que tenía Alejandro Farnesio en Flandes. Los españoles planteaban una batalla al abordaje y un desembarco; los ingleses, en cambio, habían trabajado para perfeccionar la guerra en la mar. Sus 200 buques, más ligeros y maniobrables, estaban tripulados por 12.000 marineros, y sus cañones tenían mayor alcance que los de los españoles. Todo ello, combinado con la furia de los elementos (pues los barcos españoles no eran los más adecuados para soportar las tempestades del océano) llevaron a la victoria inglesa y al desastre español.


La reina frente a la Armada Invencible

La reina Isabel I, que había arengado personalmente a sus tropas, fue considerada la personificación del triunfo inglés e incrementó el alto grado de compenetración que tenía ya con su pueblo. Tras este momento culminante de 1588, los últimos años del reinado de Isabel I aparecen bastante grises; en ellos sólo sobresale la preocupación de la reina por poner orden en las flacas finanzas inglesas; la rebelión irlandesa, pronto sofocada; y el crecimiento del radicalismo protestante.

Pese a que una de las constantes de Inglaterra en la época de Isabel I fueron los conflictos dinásticos, la reina nunca contrajo matrimonio. Se han elaborado multitud de teorías sobre este hecho, desde las que atribuyen su soltería a malformaciones físicas hasta las que buscan explicaciones psicológicas derivadas de sus traumas infantiles. En cualquier caso, Isabel I efectuó varias negociaciones matrimoniales, en todas las cuales jugó a fondo la carta diplomática para obtener ventajas para su país. Por otra parte, tuvo numerosos favoritos, desde su gran escudero lord Robert Dudley hasta Robert Devereux, conde de Essex, veinte años más joven que ella y que pagó con la vida su intento de mezclar la influencia política con la relación amorosa, algo que Isabel I nunca permitió a los hombres a quienes concedía sus favores.

La formación humanística de Isabel I la llevó a interesarse por las importantes manifestaciones que se produjeron durante su reinado en el campo del arte. El llamado «renacimiento isabelino» se manifestó en la arquitectura, en la música y sobre todo en la literatura, con escritores como John Lyly, Christopher Marlowe y principalmente William Shakespeare, auténticos creadores de la literatura nacional inglesa. En cuanto a la economía, durante su reinado se inició el desarrollo de la Inglaterra moderna. Su política religiosa permitió que se establecieran en sus dominios numerosos refugiados que huían de la represión en los Países Bajos, lo cual, unido al proteccionismo gubernamental, impulsó la industria de los paños. El crecimiento de la actividad comercial y la rivalidad con España redundaron en un gran desarrollo de la industria naval.


Isabel I en un retrato atribuido a George Gower (c. 1590)

Hacia el año 1598, Isabel parecía, según expresión de un mordaz cortesano, "una momia descarnada y cubierta de joyas". Calva, marchita y grotesca, pretendía ser aún para sus súbditos la encarnación de la virtud, la justicia y la belleza perfectas. Poco a poco fue hundiéndose en las sombras que preludian la muerte. La agonía fue patética. Aunque su cuerpo se cubrió de úlceras, continuó ordenando que la vistieran lujosamente y la adornaran con sus ostentosas joyas, y no dejó de sonreír mostrando sus descarnadas encías cada vez que un cortesano ambicioso y adulador la galanteaba con un mal disimulado rictus de asco en sus labios. Falleció el 24 de marzo de 1603, después de designar como sucesor a Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, hijo de María I Estuardo, lo que se inició el proceso de unificación de los dos reinos. Su último gesto fue colocar sobre su pecho la mano en que lucía el anillo de la coronación, testimonio de la unión, más fuerte que el matrimonio, de la Reina Virgen con su reino y con su amado pueblo.

CRONOLOGIA

1533Nace en el palacio de Greenwich, poco después del matrimonio de sus padres: el rey Enrique VIII y Ana Bolena, su segunda esposa.
1536Enrique VIII manda ejecutar a su madre, Ana Bolena, y declara a Isabel hija bastarda y sin derechos sucesorios.
1543Poco antes de su sexta boda (con Catalina Parr), Enrique VIII revoca su declaración de bastardía.
1547Muerte de Enrique VIII, al que sucede en el trono su hijo Eduardo VI.
1549Sale indemne de las acusaciones de complot con Thomas Seymour.
1553Fallece Eduardo VI. Le sucede Maria I, tras abortar el intento de usurpación de Juana Grey.
1554Acusada falsamente de haber apoyado a Juana Grey, es encarcelada durante unos meses en la torre de Londres.
1558Fallece Maria I. Isabel es coronada reina de Inglaterra.
1559Promulga el Acta de Supremacía y el Acta de Uniformidad, edictos que refuerzan el protestantismo sin proscribir a los católicos.
1572Francis Drake ataca Panamá y se hace con el cargamento de metales preciosos peruanos destinado a España.
1583Se deterioran gravemente las relaciones con España.
1584Se establecen en el Nuevo Mundo los primeros colonos ingleses.
1587Tras neutralizar varios de sus intentos de hacerse con el trono inglés, ordena la ejecución de María Estuardo.
1588El intento de invasión de Inglaterra de Felipe II termina con la derrota de la Armada Invencible.
1603Muere en el palacio de Richmond.


SU REINADO

Isabel I consiguió dar a Inglaterra las condiciones de paz interior y desarrollo económico que requería para ocupar un lugar privilegiado en el panorama político europeo del siglo XVII y sentó las bases para el crecimiento del poderío marítimo inglés en los siglos siguientes. La flota mercante se reforzó considerablemente y amplió el radio de sus empresas gracias a la constitución de compañías de comercio patrocinadas por la monarquía y que disfrutaban del monopolio: la Compañía de los Mercaderes Aventureros y la Compañía del Este rivalizaron con la Hansa en el Báltico; la Compañía de Moscovia desarrolló el comercio con Rusia y Persia; la Compañía de Levante compitió con españoles y vénetos en el Mediterráneo oriental. En 1600 se fundó la Compañía de las Indias Orientales, que pondría los cimientos de la potencia británica en Asia. Los ingleses comenzaron también a interesarse comercialmente por América. Marinos como Frobisher y John Davis partieron en busca del paso del Noroeste. La primera tentativa de implantación colonial fue hecha por Ralegh en la Virginia en 1584.


Isabel I de Inglaterra

El desarrollo económico del país se vio así favorecido durante su reinado. La industria lanera, principal riqueza del país, recibió un nuevo impulso al calor de las relaciones con los Países Bajos. Sin embargo, la prosperidad económica benefició únicamente a la burguesía y a los terratenientes, que aceleraron el proceso de enclosures en detrimento de los campesinos. Isabel sólo actuó contra este proceso para imponer duras medidas contra la mendicidad (poor laws) a la que se habían visto abocadas grandes masas de campesinos, excluidas del aprovechamiento agrícola comunal por el cercado de campos. Los pobres eran reunidos en “casas de trabajo”, donde eran tratados como siervos bajo amenaza de muerte.

Reconocida como una de las más brillantes monarcas de Inglaterra, su reinado conoció además la pacificación interna tras las luchas de religión de los monarcas anteriores. La reina trató de reforzar el centralismo regio y los mecanismos del absolutismo en ciernes. Aunque en su largo reinado sólo convocó en tres ocasiones el Parlamento, no se produjeron enfrentamientos graves entre ambas instancias de poder. Sólo a fines del período el Parlamento, en parte bajo la influencia de las ideas puritanas hostiles al absolutismo regio, se rebeló contra Isabel a causa de los gastos desmedidos de la Corona y de la venta de monopolios.

La reina hizo suya la estrategia de autoridad práctica de Enrique VIII, gobernando con extrema energía. Se benefició del proceso de fortalecimiento de la autoridad monárquica emprendido por los Tudor y a menudo hizo uso de la llamada “prerrogativa regia”, conjunto de derechos que permitían la arbitrariedad. Se rodeó de un reducido grupo de consejeros que formaron el Consejo Privado, como William Cecil (entre 1572 y 1598), el canciller Nicholas Bacon (1559-1579), el conde de Leicester y el secretario de Estado Francis Walsingham (1573-1590), sin llegar a permitir que sus favoritos desempeñaran un papel político preponderante.


William Cecil

Isabel fue contemplada con admiración por sus coetáneos. Su gusto por el lujo y la magnificencia hizo correr por Europa la fama de la suntuosidad de su corte. Pero ésta destacó ante todo por el esplendor que alcanzaron las artes durante el período isabelino. La literatura inglesa alcanzó su cenit en esta época. Fue la edad de oro del teatro inglés, con Marlowe, Ben Jonson y Shakespeare. La vida literaria fue igualmente adornada por poetas como Edmund Spenser y Philipp Sidney, por ensayistas como John Lyly y Francis Bacon, así como por el filósofos políticos como Richard Hooker. Se crearon las escuelas de Rugby y Harrow, del Trinity College de Dublín; y la música de corte conoció un bello desarrollo con los llamados “virginalistas”.

La restauración del anglicanismo

Uno de los principales objetivos de Isabel I al sentarse en el trono fue poner orden en la cuestión religiosa que venía sacudiendo el país desde tiempos de Enrique VIII. Su estrategia en este sentido buscó el restablecimiento del anglicanismo como religión oficial. A pesar de haber sido coronada según el rito romano, Isabel pronto evidenció su voluntad de continuar la política eclesiástica de su padre. En ello se dejó guiar por consideraciones puramente políticas: la reina deseaba ejercer la autoridad eclesiástica suprema, lo que al mismo tiempo la oponía a católicos y calvinistas. Actuando con gran prudencia, promulgó en 1559 el Acta de Supremacía que puso nuevamente en vigor las leyes religiosas de Enrique VIII y Eduardo VI y que habían sido abolidas en tiempos de María Tudor.


Retrato de Isabel I (Quentyn Metsys el Joven, c. 1583)

El edicto de 1559, aunque reforzaba el protestantismo y declaraba la celebración de la misa ilegal, era excepcionalmente tolerante con la población católica. Los católicos quedaron en principio exentos de la asistencia obligatoria a la iglesia parroquial a cambio del pago de una moderada contribución, y la celebración privada de su culto no fue perseguida excepto en los casos en que se sospechara traición a la monarquía. El Acta de Uniformidad, votada ese mismo año por el Parlamento, restableció el Libro de la Plegaria Común de Eduardo VI eliminando las fórmulas que pudieran resultar más ofensivas para los católicos. Los obispos católicos nombrados durante el reinado de María I protestaron, e Isabel respondió destituyéndolos a todos, quedando así renovada por completo la alta jerarquía eclesiástica del reino. A la vez, Isabel se cuidó de no verse superada por el fanatismo protestante. En 1563, cuando el Parlamento adoptó la profesión de fe de los Treinta y Nueve Artículos que rechazaba la transubstanciación y sólo admitía dos sacramentos, la reina decretó al mismo tiempo el mantenimiento de la jerarquía y la liturgia católicas.

En 1570 el compromiso religioso, que se había hecho soportable para la mayoría de la población católica, fue bruscamente roto por el interdicto lanzado por el papa Pío V sobre “Isabel, la presunta reina de Inglaterra”. La bula de excomunión desligaba a todos sus súbditos de su lealtad a la reina. De esta forma los católicos fueron, más por efecto de la bula papal que por efecto de la represión regia, convertidos en potenciales traidores. Se recrudecieron las medidas legales contra los católicos en correlación con el aumento de la intransigencia católica en el continente; así, a partir de 1580, los misioneros jesuitas (enviados subrepticiamente por España para alentar la rebelión católica) fueron expulsados de Inglaterra o entregados al verdugo.

Isabel tuvo que hacer frente a una doble oposición: por un lado la de los católicos, que se consideraron desligados de su deber de lealtad tras la excomunión de 1570 y que pusieron sus esperanzas en María Estuardo, la reina católica de Escocia; por otro, la de los calvinistas presbiterianos, que rechazaban la jerarquía episcopal y cualquier vestigio de catolicismo dentro de la Iglesia reformada. La reina hubo de recrudecer las medidas represivas contra la disidencia religiosa. La celebración de la misa católica fue prohibida por completo, así como los sínodos presbiterianos de los calvinistas, que ya por entonces comenzaban a conocerse como puritanos. En 1595 se hizo obligatoria, bajo pena de prisión, la asistencia al culto anglicano. Sin embargo, hubo muchas menos ejecuciones por motivos religiosos durante el largo reinado isabelino que durante los cinco años en que María Tudor se sentó en el trono. La obra religiosa de Isabel fue duradera: dio al anglicanismo su carácter definitivo y emprendió el camino hacia la convivencia de las distintas sectas religiosas.

El afianzamiento de la legitimidad

Dentro de este contexto hay que considerar el problema planteado por las pretensiones de la católica María Estuardo: la reina de Escocia, viuda de Francisco II de Francia, se convirtió en el centro de las conspiraciones católicas. María Estuardo, heredera del reino de Escocia, podía postularse también (por ser hija de la hermana de Enrique VIII) como heredera del trono inglés. Aquellos que consideraban ilegal el matrimonio entre Ana Bolena y Enrique VIII cuestionaban asimismo la legitimidad del nacimiento de Isabel y sus derechos al trono, y contemplaban a María Estuardo como potencial reina de Inglaterra. En 1561, María Estuardo regresó como reina a Escocia tras la muerte de su esposo. Desde entonces no cejó en su empeño de reunir bajo su cetro los reinos de Escocia e Inglaterra. Para ello contaría con el apoyo de los disidentes católicos ingleses.


María Estuardo

En 1568, María Estuardo fue expulsada de Escocia por una rebelión general y tuvo que refugiarse en Inglaterra, en cuya corte Isabel la acogió de buen grado con el fin de mantenerla bajo su control. Para Isabel era demasiado arriesgado dejarla marchar al continente, donde sin duda buscaría el apoyo de Francia o España en su reivindicación del trono inglés. María fue obsequiada con un honorable confinamiento, lo que no impidió que se convirtiera en el centro de las intrigas político-religiosas contra la reina.

Entre 1569 y 1570 se produjo la llamada “rebelión de los condes”, que tuvo un doble carácter religioso y político: se restableció el catolicismo en los territorios sublevados y se pretendió obligar a Isabel a declarar a María como su sucesora en el trono. La cruenta represión de esta conjura significó la eliminación de las grandes dinastías condales del norte de Inglaterra. María Estuardo se vio implicada en otros tres importantes complots que incluían intentos de regicidio: el de Ridolfi de 1571, el del francés duque de Guisa de 1582 y el de Babington de 1586.

Ante el temor de que pudiera llegar a un sólido entendimiento con los españoles, el Parlamento presionó a Isabel para que ordenara la ejecución de María Estuardo. La declaración papal de 1580 que aseguraba que no sería un pecado eliminar a Isabel y el asesinato en 1584 de Guillermo I el Silencioso, organizador de la resistencia alemana contra los españoles, hicieron temer por la vida de Isabel. En 1585 el Parlamento aprobó la Ley de Preservación de la Seguridad de la Reina, la cual condenaba a muerte a toda aquella persona implicada en un eventual regicidio o a quien éste beneficiara directamente. Isabel introdujo una enmienda en el texto de la ley, por la cual los herederos de los implicados de condición regia sólo podrían ser excluidos de la sucesión al trono de Inglaterra en caso de que fuera probada en juicio su propia implicación en una conjura. Esta enmienda hizo posible que, a la muerte de Isabel, el hijo de María Estuardo, Jacobo VI de Escocia, se convirtiera en rey de Inglaterra. Un año después de la aprobación de la Ley de Seguridad, María Estuardo fue sometida a juicio y hallada culpable de atentar contra la vida de Isabel. Durante tres meses la reina demoró la corroboración de la sentencia de muerte, a pesar de la presión de sus consejeros y del Parlamento. Finalmente María fue ejecutada en febrero de 1587.

Matrimonio y sucesión

Desde la ascensión al trono de Isabel I se planteó la cuestión de su matrimonio con el fin de evitar nuevos problemas sucesorios. La boda de la reina suscitaba gran preocupación en el Parlamento, ya que de ella podían depender las alianzas internacionales de Inglaterra en un momento en que la hegemonía española en Europa mantenía al continente en perpetuo estado de guerra. Isabel expresó su voluntad de contraer matrimonio y durante buena parte de su reinado jugó hábilmente con las numerosas propuestas que le llegaron de las principales potencias europeas. De los 16 a los 56 años se sucedieron múltiples proyectos matrimoniales. Eric de Suecia, Enrique III y Enrique IV de Francia, el archiduque Carlos de Austria y el duque de Alençon fueron algunos de los pretendientes de la reina. Pero Isabel nunca llegaría a casarse; esta inaudita excepción perturbó ya desde su reinado a cronistas e historiadores. A menudo se la llama todavía la Reina Virgen (así quiso ser llamada Isabel en su epitafio), subrayando mendazmente una castidad de raíz religiosa en la que la reina nunca puso sus desvelos.

En efecto, Isabel mantuvo relaciones amorosas con diversos hombres de su corte: sir Christopher Hatton, lord canciller entre 1587 y 1591; sir Walter Raleigh, cortesano cumplido, aventurero e historiador y, sobre todo, lord Robert Dudley, a quien otorgó el título de duque de Leicester en 1564. Su relación con Dudley sobrevivió al matrimonio secreto de éste con la prima de Isabel, Lettice Knollys, condesa viuda de Essex, en 1579. La noticia de su muerte en 1588 causó tal dolor a la reina que se encerró sola en sus habitaciones durante tan largo tiempo que, finalmente, lord Burghley, Tesorero Mayor y uno de sus más fieles servidores, se vio obligado a derribar la puerta.


Robert Dudley

La tardanza en contraer matrimonio y las continuas evasivas de la reina hicieron correr por todas las cortes europeas infundios sobre una desaforada concupiscencia que le hacía parir bastardos a troche y moche, o rumores acerca de un misterioso defecto físico que le impedía la unión sexual. En 1579, en el transcurso de las negociaciones de matrimonio con el duque de Alençon, hermano del rey de Francia, lord Burghley escribió a su pretendiente: “Su Majestad no sufre enfermedad alguna, ni tara de sus facultades físicas en aquellas partes que sirven propiamente a la procreación de los hijos”.

El hecho insólito de que Isabel permaneciera soltera puede atribuirse con mayor certeza a la inveterada independencia de la reina y a las secuelas anímicas que, siendo una niña, sin duda le produjeron las brutales y arbitrarias ejecuciones de su madre, Ana Bolena, y de su madrastra, Catherine Howard, por orden de Enrique VIII. En agosto de 1566, Dudley escribió al embajador francés que él, que conocía a Isabel desde que era una niña, ya entonces le había oído asegurar que nunca se casaría. Se ha interpretado también que Isabel deseaba casarse con Dudley, pero que la impopularidad de éste y la sospechosa muerte de su primera esposa hacían poco recomendable la unión. En 1566, ante la tardanza del matrimonio de Isabel, el Parlamento le pidió que se casara, autorizándola a hacerlo con quien ella quisiera. Sin embargo, tampoco entonces se decidió la reina.

Aparte de sus indudables motivaciones personales, hubo también poderosas razones políticas que animaron a Isabel a permanecer soltera o, mejor dicho, a jugar indefinidamente con su posible boda. Las negociaciones matrimoniales fueron un recurso esencial de la política exterior isabelina, encaminada a evitar la caída de su reino en la órbita de las potencias continentales: España y Francia. Su matrimonio con un príncipe de las dinastías española o francesa habría sin duda significado la relegación de Inglaterra al plano de los comparsas en la política europea. Las negociaciones con el duque de Alençon, hermano de Enrique III de Francia y uno de sus más pertinaces pretendientes, fueron, por ejemplo, una baza para garantizar los intereses ingleses en los Países Bajos españoles.

La hegemonía española

En las relaciones entre Inglaterra y España primaron, por encima de la cuestión religiosa o de la competencia comercial en el Atlántico, la tradicional alianza dinástica frente a Francia y los mutuos intereses económicos en los Países Bajos. Desde el principio del reinado isabelino, Felipe II de España se había visto obligado a apoyar a Isabel I (pese a la manifiesta intención de la reina de defender la causa protestante) frente a las pretensiones al trono de María Estuardo. Aunque católica, María Estuardo era también reina de Escocia y de Francia; su ascensión al trono inglés hubiera supuesto la alianza de las coronas inglesa y francesa, lo que resultaba inadmisible para España.


Felipe II de España

Felipe II, viudo de María Tudor, propuso matrimonio a Isabel en 1559. La unión resultaba ventajosa para ambos: para Isabel, porque obstaculizaba las pretensiones de María Estuardo al trono inglés; para el soberano español, porque evitaba la reunión en la persona de la Estuardo de las coronas de Escocia, Inglaterra y Francia. Felipe II deseaba ver instalada en el trono de Inglaterra a su hija Isabel Clara Eugenia y apartar a Inglaterra de la influencia de Francia. A pesar de los intereses en juego, la repugnancia de Isabel hacia el matrimonio y el temor a caer en la órbita española hicieron a la soberana rechazar el ofrecimiento, no sin antes haber jugado con esta posibilidad para aprovechar en su favor la tradicional rivalidad hispano-francesa.

Isabel apoyó la causa protestante allí donde ésta se hallaba amenazada, sin que estuviera en su ánimo liderar la reforma, al tiempo que procuraba mantener relaciones amistosas con las potencias católicas. Durante la Guerras de Religión francesas prestó ayuda a los hugonotes, en una forma de provocación a la monarquía hispánica, que apoyaba la causa católica. Sin embargo, el enfrentamiento con España se debió mucho más a razones políticas y económicas que a cuestiones religiosas.

Desde el inicio del reinado se mantuvo una situación de sorda tensión entre Inglaterra y España, sin que ninguno de los contendientes considerara oportuno declarar abiertamente la conflagración hasta muchos años después. El enfrentamiento entre España e Inglaterra se hizo de todas formas inevitable ante las pretensiones inglesas de romper el monopolio comercial español en América. Las acciones de los marinos ingleses en el Atlántico, alentadas por la reina, se hicieron progresivamente más violentas desde la década de los setenta. En 1571, el corsario Francis Drake inició una imparable sucesión de actos de piratería en el Caribe que pronto se extendió al resto del litoral atlántico americano. Su vuelta al mundo entre 1577 y 1580 fue saludada en la corte isabelina con gran entusiasmo.


Francis Drake

Pero los más graves conflictos entre la Inglaterra de Isabel I y la España de Felipe II surgieron a raíz de la sublevación de los Países Bajos contra la autoridad española. La ocupación de Flandes por el ejército español desde 1567 despertó la alarma de Isabel I, que vio cómo España instalaba una nutrida fuerza militar al otro lado del canal de la Mancha. Por otra parte, los intereses del comercio inglés en la zona impulsaron a Isabel a apoyar económicamente la rebelión de las Provincias Unidas desde 1577. La primera ruptura hispano-inglesa se produjo en 1568, cuando Isabel incautó el dinero genovés destinado a pagar a los tercios de Flandes que viajaba en navíos españoles arribados a costas inglesas. Este incidente provocó la ruptura de las relaciones comerciales entre ambas monarquías. En 1572, Isabel firmó con Carlos IX de Francia el tratado de Blois, por el que ambos soberanos establecieron una alianza defensiva contra España. Este acuerdo fue bruscamente roto por la matanza de hugonotes de la Noche de San Bartolomé en 1572. Con el Tratado de Bristol (1574), Isabel restableció las relaciones con España, a pesar del precario equilibrio de sus relaciones en lo que atañía a los Países Bajos.

A pesar del acuerdo de Blois, Isabel nunca había abandonado la alianza con España, y en 1572 hizo un gesto de acercamiento expulsando a los corsarios holandeses que se habían refugiado en las costas inglesas. Sin embargo, los éxitos internacionales de Felipe II preocupaban a Isabel, que temía que la monarquía española resucitase su viejo proyecto de invadir Inglaterra. Por ello, Isabel se decidió a intervenir directamente en el conflicto con los Países Bajos. En el Tratado de Nonsuch de 1585, prometió ayuda militar a las Provincias Unidas a cambio de que éstas permitieran la instalación de guarniciones inglesas en los puertos de La Briel y Flesinga, desde los que los españoles podían intentar una invasión marítima de la isla. Al tiempo que la reina enviaba efectivos militares a Flandes, Drake era autorizado para lanzar una violenta ofensiva en el Caribe y en las costas atlánticas de la Península Ibérica.


Isabel nombra caballero a Francis Drake

Desde entonces el enfrentamiento entre Inglaterra y España se agravó incesantemente. Los ingleses intervenían en la rebelión de los Países Bajos, mientras que Felipe II apoyaba a los rebeldes irlandeses y alentaba conspiraciones cortesanas contra Isabel. En 1583 el embajador español en Londres participó, junto con los Guisa, en una conjura que pretendía eliminar a Isabel y sentar en el trono a María Estuardo. Felipe II pensaba que, una vez derrocada Isabel I, podría hacer abdicar a María sus derechos sobre la infanta española Isabel Clara Eugenia. La conjura fue descubierta y el embajador español expulsado. De esta forma se produjo la ruptura de las relaciones diplomáticas entre ambos países.

Aunque sin una declaración formal, desde 1583 puede considerarse abierta la conflagración entre Inglaterra y España. Los proyectos políticos de Felipe II respecto de Inglaterra se vieron favorecidos por la ejecución de María Estuardo en 1587, que dejaba el campo libre para una sucesión española al trono inglés en caso de que tuviera éxito la invasión española de Inglaterra, proyecto largamente acariciado por Felipe II y que fue entonces retomado.

La devastadora razzia llevada a cabo por Drake en Cádiz y Lisboa en abril de 1587 acabó de decidir a Felipe II a emprender la invasión de Inglaterra antes de completar la sumisión de las Provincias Unidas. En julio de 1588 zarpaba de Lisboa la Gran Armada, conocida como la Armada Invencible por los historiadores británicos, destinada a invadir Inglaterra. El desastre de la Armada, causado en parte por la superioridad de la marina inglesa, en parte por la acción de los flamencos que obstaculizaron el acceso de la flota a sus costas, y en parte por los elementos, supuso una gran victoria política para Isabel I. La superioridad de los navíos ingleses fue resultado directo de la política naval impulsada por la reina, considerada como uno de los grandes logros de su reinado, pues inauguró el dominio británico de los mares.


La Armada Invencible

La victoria sobre la Gran Armada hizo más audaz a Isabel, que redobló sus acciones contra España allí donde tuvo ocasión. En los años siguientes, los corsarios ingleses hostigaron sin descanso los navíos españoles que hacían la travesía entre las Indias y España. Drake atacó La Coruña en 1589 y llegó hasta Lisboa, aunque no pudo tomar la ciudad. Arreciaron los ataques contra navíos y puertos españoles tanto en la Península como en América. Isabel dio cobijo en su corte al prior de Crato, pretendiente al trono de Portugal, con el que selló un acuerdo secreto contra España.

La guerra contra España continuó después de la muerte de Felipe II en 1598. El español había apoyado la gran rebelión irlandesa iniciada poco antes de su muerte, apoyo que mantuvo el duque de Lerma durante el reinado de Felipe III. Sin embargo, el auxilio español fue poco efectivo, debido a su lentitud y a la falta de equipamiento. En 1599, el duque de Lerma envió a las costas inglesas una gran flota que tuvo que regresar sin haber logrado ninguno de sus objetivos. A pesar de ello la rebelión, ferozmente reprimida por el ejército isabelino, continuó hasta la muerte de Isabel, cuando se logró la capitulación de los últimos rebeldes.

El final del reinado

Los últimos quince años de la era isabelina fueron difíciles para la reina; ya muy anciana, había perdido a sus más leales consejeros y amigos. Dudley había muerto en 1588; Walsingham, en 1590; Hatton, en 1591; Burghley, en 1598. Se encontraba ahora rodeada por un grupo de hombres más fieles a sus intereses personales que a la vieja reina. El más importante de esta nueva generación de consejeros fue Robert Devereux, conde de Essex e hijastro de Dudley. La reina le tenía en gran consideración, lo que probablemente hizo al joven conde sobreestimar su influencia política. Su arrogancia le atrajo la enemistad de Robert Cecil (hijo de Burghley), de sir Walter Raleigh y del duque de Nottingham.


Robert Devereux, conde de Essex

En 1598 estalló una nueva rebelión en Irlanda que se extendió por todo el país. Devereux solicitó a la reina el mando del ejército que habría de reprimir la rebelión irlandesa, lo que le fue concedido. Pero desobedeció las estrictas órdenes de la reina acerca de cómo debía actuar en Irlanda. Derrotado, decidió regresar a Inglaterra, contrariando nuevamente las órdenes expresas de la reina de permanecer en la isla. Devereux fue inmediatamente arrestado por orden del Consejo Privado, y aunque una investigación le exculpó de las sospechas de traición que pesaban sobre él, nunca más fue admitido en la privanza regia. Este revés inesperado convirtió a Devereux en el principal intrigante del reino, convertida su casa en cenáculo de desafectos a Isabel. En 1601, Devereux trató torpemente de tomar Londres con sus tropas. Fracasado su intento, fue ejecutado como reo de traición en febrero de ese año. Tras la ejecución de Devereux, la reina declaró al embajador francés: “cuando está en juego el bienestar de mi reino, no me permito indulgencias con mis propias inclinaciones”.

Los últimos años del reinado de Isabel I fueron también de crisis económica. La Hacienda regia acusó graves problemas financieros; sus reservas estaban agotadas y el país atravesaba una profunda crisis inflacionaria. La reina tuvo que recurrir a la venta de monopolios y regalías, además de algunas de sus más preciadas joyas. Esta práctica causó gran descontento y se elevaron numerosas quejas al Parlamento. A pesar de los temores que causó su soltería, el problema de la sucesión había quedado resuelto. Jacobo VI de Escocia era reconocido desde hacía tiempo como su heredero. En su lecho de muerte, el 23 de marzo de 1603, sus consejeros le pidieron que hiciera una señal si reconocía como su sucesor al futuro Jacobo I de Inglaterra. La reina lo hizo y, tras su muerte en la mañana del día siguiente en el palacio londinense de Richmond, la monarquía inglesa afrontó sin asperezas el fin de la dinastía Tudor.

FOTOS

Los logros de Isabel I de Inglaterra a lo largo de su dilatado reinado, que se extendió durante casi medio siglo (1558-1603), fueron el fundamento de la preponderancia que alcanzarían los británicos en Europa durante los siglos siguientes. En el interior, Isabel I consolidó el poder de la monarquía y consiguió apaciguar los conflictos religiosos fortaleciendo el anglicanismo. En el exterior, puso coto a las intenciones hegemónicas del monarca español Felipe II, al que disputó con éxito la supremacía en los mares tras forzar la retirada de la Armada Invencible. Ello permitiría a los ingleses extender sus rutas comerciales y establecer nuevas colonias, lo que favorecería el desarrollo económico del reino. La siguiente serie de fotografías ilustra los principales aspectos de su personalidad y de su reinado.


La hija de Ana Bolena. Hija de Enrique VIII y de su segunda esposa, Ana Bolena, la futura reina Isabel I nació en 1533 en el palacio de Greenwich. Del matrimonio de Enrique VIII con su primera esposa, Catalina de Aragón, solo había sobrevivido una hija, y el rey deseaba garantizar la continuidad de su dinastía con un hijo varón que su esposa ya no estaba en condiciones de proporcionarle. El monarca pidió al papa la anulación de su matrimonio, y en mayo de 1533, después de seis años de infructuosas negociaciones y de un acercamiento cada vez mayor al protestantismo, una comisión eclesiástica anglicana anuló el matrimonio real y declaró válida la boda secreta del rey con Ana Bolena, que al parecer se había celebrado en enero de ese año. La infancia de la princesa Isabel fue muy dura. Cuando apenas contaba dos años y medio de edad, su madre fue acusada de adulterio, condenada a muerte y ejecutada. Al día siguiente de la ejecución, Enrique VIII declaró ilegítimas a sus dos hijas y contrajo matrimonio con Juana Seymour, la tercera de las seis esposas de un monarca conocido sobre todo por sus múltiples matrimonios. En la imagen, Enrique VIII y Ana Bolena, padres de Isabel.


Firmeza de carácter. El testamento de Enrique VIII establecía el orden de sucesión al trono de los tres hijos que le sobrevivieron. El primer lugar lo ocupaba Eduardo, un muchacho enfermizo y único descendiente varón del rey, y los hijos que pudiera tener; le seguía María y, por último, Isabel. Tras la ejecución de su madre, Isabel pasó la mayor parte de su infancia en Hatfield House en Hertforshire, retirada de la corte por orden de Enrique VIII. Sus madrastras Ana de Cleves y Catherine Parr la trataron con consideración y cariño. Isabel se entregó al estudio con devoción. Formada en las disciplinas humanísticas, hablaba y escribía francés, italiano y español, y conocía el latín y el griego. Sin embargo, tuvo una infancia triste, aislada y sometida a los tejemanejes de las intrigas políticas y religiosas que, tras la muerte de su padre en 1547, se tejieron alrededor de sus débiles sucesores, sus hermanastros Eduardo VI y María I. La extrema prudencia y determinación que demostró desde su más temprana juventud la hicieron apartarse de complots que podrían haberle costado la vida y salir airosa de las falsas acusaciones de traición que interesadamente se lanzaron contra ella. En la imagen, un retrato de una jovencísima Isabel realizado hacia 1546 (contaría por lo tanto trece años), atribuido al pintor William Scrots.


El apoyo del pueblo. Isabel subió al trono en 1558, tras la muerte de María I. Contaba entonces 25 años y tenía la tez muy blanca, los ojos pequeños y vivos y el rostro anguloso, más atractivo que bello. Estaba orgullosa de su cabellera roja y de sus manos largas y finas, pero detestaba el tono masculino de su voz y sus dientes irregulares. Todos sus biógrafos coinciden en señalar que lo más fascinante en ella no eran sus atractivos femeninos, sino su poderosa personalidad. Isabel aborrecía todo cuanto semejase a una influencia o un dominio sobre ella. No tenía el menor deseo de renunciar a su independencia, le repugnaba el matrimonio y sabía que un sucesor no tardaba en convertirse en un enemigo. Por eso, cuando la Cámara de los Comunes le suplicó que se casara "para asegurar el incierto porvenir de la dinastía, falta de herederos ingleses", Isabel respondió sin titubear que ya se había unido a un esposo, el reino de Inglaterra, y que todos y cada uno de sus súbditos eran sus hijos. La expectación inicial que había despertado su coronación se convirtió pronto en una lealtad popular que hizo posible su permanencia en el trono, pese a las dudas que sobre la legitimidad de su nacimiento esgrimían sus enemigos. Isabel sujetó firmemente las riendas del poder, demostrando desde el inicio de su reinado una visión política de objetivos claros y una gran astucia para los asuntos de Estado. En la imagen, Procesión de la reina Isabel a Blackfriars (c. 1600), de Robert Peake.


Un reinado fructífero. Isabel I gobernó personalmente, pero supo rodearse de un magnífico equipo de consejeros y colaboradores. Su principal logro fue cimentar la economía inglesa, asentándola en la potenciación de la marina y el comercio, al tiempo que impulsaba la existencia de un campesinado libre y trataba de mitigar, no siempre con éxito, la miseria de las clases populares. En el delicado terreno religioso, Isabel era heredera de la tradición anglicana inaugurada por su padre, y se inclinó por favorecer una Iglesia que estuviese sometida a la corona, lo que la llevó a restaurar el culto protestante y a enfrentarse a la reacción católica, encabezada en el interior por la escocesa María Estuardo y en el exterior por el monarca español Felipe II, viudo de María Tudor. A la primera, tras mantenerla encerrada durante diecisiete años, la hizo decapitar en 1587, lo que, sumado a los largamente larvados conflictos de intereses entre los dos países, acabó provocando la airada reacción del soberano español. En la imagen, Isabel I representada como garante de la paz, con una rama de olivo en la mano (retrato de Marcus Gheeraerts el Viejo, c. 1580-85).


La Armada Invencible. La rivalidad entre Isabel I y Felipe II no era sólo por cuestiones religiosas. Por pintoresco que parezca, el devotísimo soberano se había planteado la posibilidad de casarse con aquella soltera empedernida, no por amor, por supuesto, sino "para combatir la herejía en su mismo centro y por el bien de la fe católica". Pero luego el enfrentamiento se había trasladado al ámbito colonial: Isabel autorizó oficialmente las piraterías de Drake, Hawkins y otros corsarios, que desvalijaron sin miramientos las naves hispanas cargadas de oro en ruta por el Atlántico. El asesinato de María Estuardo fue la gota que colmó la paciencia de Felipe II: erigido en vengador, fletó la Armada Invencible con el fin de invadir de una vez por todas Inglaterra, llamada la "pérfida Albión". Como es sabido, la gran flota sucumbió a la presión de los barcos ingleses y de los temporales, y hubo de regresar sin haber logrado su cometido. Una vez más Isabel sorteó airosa un peligroso trance, posiblemente el más difícil de su reinado. En la imagen, La derrota de la Armada española, tal y como la imaginaría muchos años después (1796) el artista británico Philipp Jakob Loutherbourg.


La Reina Virgen. Mucho antes de su muerte, Isabel expresó su deseo de que en su tumba se grabase el siguiente epitafio: "Aquí yace Isabel, que reinó virgen y murió virgen". Tal alarde, a pesar del empeño regio, fue puesto en duda por sus contemporáneos. Calificada por unos de frígida, por otros de homosexual y por no pocos de erotómana, no hay duda de que la reina "jugó al amor sin quemarse" (según el eufemismo de uno de sus supuestos amantes) con una nutrida nómina de apuestos caballeros, entre los que destacan Robert Dudley, conde de Leicester, y Robert Devereux, conde de Essex, el último favorito de la Reina Virgen. Si estos amores fueron algo más que platónicos es algo que no pertenecerá a las historias de alcoba oficiales de la monarquía inglesa. La llamada Reina Virgen falleció en 1603, tras ocupar el trono durante cuarenta y cinco años. Dejó como único heredero al hijo de María Estuardo, Jacobo VI de Escocia y I de Inglaterra, con quien se iniciaría el proceso de unificación de ambos reinos. En la imagen, el famoso retrato de Isabel I conocido como Retrato de la Armada, así llamado por representar en segundo término el episodio más glorioso de su reinado, la victoria sobre la Armada Invencible (George Gower, c. 1588).

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